Jesús el Rabí

El verdadero Discípulo de Jesús, ama con todas sus fuerzas la Escritura. ¡Cuánto amo yo tu Ley! ¡Todo el día es ella mi meditación! (Salmos 119.97). El amor a la Escritura se traduce en la práctica a su meditación diaria. Cuando decimos meditación estamos hablando de leer, reflexionar, meditar, pensar, discurrir, razonar, considerar, examinar, profundizar y evidentemente estudiar, practicar y enseñar sobre todo con el ejemplo. El hombre de Dios, se deleita en todos los momentos de su vida de día y de noche en la Biblia. No hemos sido motivados por lo general, a leer, o estudiar ni en nuestra infancia, ni en la sociedad donde vivimos. Estamos acostumbrados a ver imágenes, más que a esforzarnos por leer y reflexionar sobre lo que leemos. La motivación por la lectura es escasa. Solo un pueblo en toda la tierra ha sido definido como el Pueblo del Libro, el Pueblo de Dios Israel. No de un libro cualquiera, por muy bueno que fuese, sino del Libro de libros, la Biblia, conocida también como la Torá, la Tanaj, la Escritura, la Buena Nueva, la Palabra de Dios, Verbo, Testimonio, Pacto, Brit Hadashá, Mandamientos, la Ley de Dios o el Llamamiento. La Escritura Eterna no pasará, antes se tendrían que acabar los cielos, la tierra y toda la creación. El Señor nos enseña la importancia de leerla cada día, conforme a la costumbre, aquí estilo de vida, que tenía. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lucas 21.23). Somos el Pueblo del Libro si amamos la Escritura, si la leemos, si la estudiamos, la practicamos y la enseñamos. En la Biblia se encuentra todas las respuestas que el ser humano necesita saber. Los tesoros escondidos que se sacan de la Escritura, están disponibles para los que sinceramente buscan a Dios y la sabiduría que de El procede. El amor a la Palabra es real cuando la tenemos como una delicia inestimable. "sino que en la Ley de Dios está su delicia y en su Ley medita de día y de noche." (Salmos 1.2). Cuando la Escritura es realmente nuestra delicia, la leeremos, la meditaremos o la estudiaremos de día y de noche. Ser el Pueblo del Libro es una responsabilidad que implica no solo leer la Escritura, sino preservarla para futuras generaciones. Dicho privilegio le ha sido concedido al Pueblo de Israel, como garante y salvaguarda de la Palabra de Dios. Dios entregó a Israel la Escritura y la responsabilidad de reproducirla de forma fidedigna. “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿De qué aprovecha la circuncisión? De mucho, en todos los aspectos. Primero, ciertamente, porque les ha sido confiada la Palabra de Dios.” (Romanos 3.1-2). Dios ha confiado su Palabra a Israel y si alguien tiene que tener el “copyright” de la Escritura es el denominado Pueblo del Libro. Trabaje por cuidar el más grande y valioso de los tesoros, que el hombre ha recibido de parte de Dios, la Escritura. Aquella que es la “suma de la verdad” del Eterno, desde el Principio hasta al el Fin, desde lo Primero hasta lo Último.